miércoles, 28 de agosto de 2013

FOTOGRAFÍA


Todos los días veo tu fotografía en la pared, 
Como diamantes negros, tus ojos pequeños brillan
Fríos e inertes, fijos en la estancia
Hundidos para siempre en el santuario del vacío.

Aún así me hipnotizan y me vuelven débil
De alguna manera sus bordes rotos y afilados
Dejaron heridas fatales en mí.

Aunque sanen, las cicatrices permanecen profundas,
Abismos perdidos debajo del mar
Pero tu mirada de cristal es sólo una fuente seca
Inútil ante mi sed, manchada de ceguera irreversible.


miércoles, 21 de agosto de 2013

SONETO DEL PAYASO

La maldita quintaescencia del horror
De feos potingues hizo una gárgara,
Y, entre arcadas porque le dio ñáñara,
Regurgitó un mazacote de color.

Un loco, en un escalofriante estertor,
Se puso el gargajo como máscara,
veló su humanidad con tal cáscara
y emprendió un griterío ensordecedor.

Enfundado en un polícromo calzón
Sale al mundo trocado en personaje,
juguete endiablado de hule chillón.

Nariz, mameluco, peluca o traje
Saltimbanqui, mimo, payaso o bufón
Ciégame, Dios, ante su maquillaje.

miércoles, 14 de agosto de 2013

LO QUE SE QUEDA


Hace algunos años, Lidia se mudó a un vecindario tranquilo y sencillo. Debajo de su departamento estaba una minúscula tienda de abarrotes, a los flancos, más viviendas austeras de clase media, y enfrente había un caserón vacío que desentonaba con su entorno en dimensión y forma. Aquella casa, que abarcaba toda la manzana, era un champurrado de estilos europeos y mexicanos, más o menos conservada, aunque tenía daños estructurales visibles. La pintura azul marino descascarada aún se percibía en sus techos, y la fachada blanca tampoco estaba particularmente derruída. A veces, un rayo de sol se colaba entre las ventanas rotas, y relumbraba algún color dorado o rojo que daba la ilusión de vida, pero inmediatamente se disipaba. El autobús en el que regresaba Lidia de su trabajo se detenía exactamente en la entrada de esa casa, por lo que, al bajar, sus ojos se topaban a diario con la presencia de una sillita vieja y gastada que permanecía debajo de un arco después de la reja de hierro. Un día, el autobús tuvo que dejarla unos metros antes, porque un gran camión de mudanza estaba frente a la casa abandonada. Dos hermanas, sus hijos variopintos y el esposo de una de ellas la ocuparon esa misma noche. A lo largo de los meses, la casa se fue recuperando a base de reparaciones, pintura y jardinería. Respetaron los colores originales, pusieron césped, y aunque no podría decirse que era el jardín de Versalles, hicieron crecer algunas plantas decentes alrededor de los columpios que instalaron. Dos coches compactos del año y una motocicleta entraban y salían de allí sin cesar. Sin embargo, a Lidia le llamó la atención que a pesar del bullicio y de que a su alrededor habían mutado el arco, la loseta, el jardín y hasta la reja, la sillita sola y desvencijada siguió durante años exactamente en el mismo lugar. Nunca la recorrieron un centímetro, ni repararon ninguna de sus roturas y el óxido del respaldo. A Lidia esto le intrigaba, pero apenas y saludaba a sus vecinos, como para preguntarles al respecto. 

Con quien comenzó a relacionarse  fue con Paco, el chico del departamento de arriba, porque coincidió con que se hizo novio de su prima por otro lado. A partir de entonces, la prima iba al edificio, y se tomaban una copa junto con otros amigos en casa de él o en la de Lidia. En alguna de esas ocasiones, Paco sacó unas fotografías viejas para demostrar que no se veía nada bien sin bigote. Entre ellas había una en la que estaba con unos amigos, sentado en la acera opuesta, con cara de nabo invertido, en efecto, pero lo que hizo que Lidia se interesara en la imagen era que se distinguía  la casa de enfrente, donde, sentada en aquella sillita de la entrada, una anciana tejía. 

Lidia se enteró esa tarde de que se llamaba doña Celia y era la abuela de las dos hermanas. Cuando Lidia recién llegó, la venerable señora acababa de fallecer. La casa permaneció desocupada muy poco tiempo, pero estaba en mal estado por la edad y el poco interés de su dueña. Sus hijos y nietos casi no la visitaban, aunque le pagaban todo. La señora Celia conocía el nombre de todos sus vecinos, y se interesaba por sus problemas. Mientras tejía bufandas para su prole durante horas, o remendaba trapos, repartía saludos elegres y consejos a los muchos que se detenían a conversar. También se le veía en su cocina limpiando por encima con trabajos o haciéndose algo de comer, salía a misa, y veía sus telenovelas, pero la mayoría de su tiempo lo gastaba sentada en la entrada. Al final, ya no tejía, sólo se quedaba allí y clavaba sus pequeños ojos opacos en un punto fijo. Su anterior entusiasmo se desvaneció y ya solo saludaba con un ligero movimiento de cabeza y  un remedo de sonrisa. Un tarde se fue a dormir y nunca más despertó. Por amor o por culpa, sus nietas no se atrevían a quitar la sillita donde pasó la mayor parte de sus últimos años. 

Esta historia afectó a Claudia, la mejor amiga de Lidia, en lo más profundo. Cuando se despidió de aquella reunión, cruzó la calle para tomar un taxi, pero en lugar de eso observó la sillita oxidada durante algunos minutos, hasta que empezó a caer una ligera lluvia. Lidia, sin que ella lo advirtiera, miró a Claudia desde la ventana, y adivinó lo que estaría pasando por su mente.

Cuando Claudia regresó a casa, se decidió a llamar a su madre.

—...tenemos que hacerlo, mamá. Si tú no quieres, yo me encargaré. 

La madre no quiso escuchar más. Claudia, que durante esos dos años prefirió pagar la renta de un departamento vacío a mencionar el tema, se llenó de decisión de repente. Llegó al edificio verde de la calle Osa Mayor, y le pareció todo tan familiar y ajeno a la vez que no supo cómo sentirse. Respiró profundo y entró directo al elevador antiguo. En el segundo piso no pudo soportar las reminiscencias, y detuvo el artefacto de golpe. Después de verse en aprietos para abrir la reja plegable y gatear, porque el elevador no se había alineado aún con el piso, estuvo a punto de bajar corriendo las escaleras, pero le pareció estúpido seguir huyendo. Dio media vuelta y subió lentamente hasta el cuarto piso. 

Estaba frente a los números color dorado del 4-C. La llave quemaba en su bolsillo. Por fin, la introdujo. La puerta se abrió sola. De adentro salió un olor desagradable, a humedad, cochambre y polvo de años. Todo estaba igual, sucio y estropeado, pero en el mismo sitio donde Alfonso lo había dejado. Claudia cerró la puerta tras de sí y lloró todos los llantos reprimidos. Miró a su alrededor, sin moverse de la entrada. Allí estaba el teléfono donde su hermano menor se sentaba a hablar con ella por horas, la hielera de las cervezas sobre la barra de la cocina, los trastes siempre sucios que tanto le molestaban a mamá, el basurero repleto de vasos y platos desechables, las colillas en el cenicero, la figura de plástico de Homero Simpson engalanando la mesa de centro y las cortinas feas de platanitos que Alfonso se llevó de la casa cuando decidió independizarse.  

Claudia sacó bolsas de basura e introdujo todos los objetos que se le ponían enfrente sin discriminar, pero despidiéndose de cada uno con ceremonia. Evitó a toda costa entrar a la recámara, cuya puerta entreabierta era como una pesada amenaza. Por fin, llegó el camión de carga que había contratado. Subió  un señor que, al igual que el Homero de la mesita, tenía medio trasero de fuera, inspeccionó la cantidad de muebles y basura que tendrían que sacar, y procedió a traer a sus cargadores. Uno de ellos abrió la puerta de la recámara sin el menor reparo, ignorante de lo que había ocurrido allí. Entonces Claudia despertó de su aturdimiento, y vio en toda la plenitud de la realidad el enorme ventilador de techo, todavía un poco roto por un lado, al vencerse con la cuerda de la que se colgó Alfonso. Nunca sabrían por qué tomó esa decisión intempestiva, no era melancólico, ni sabían que tuviera algún problema, y no poseía precisamente un alma sensible de poeta... 

Claudia sólo se llevó consigo una foto instantánea de cuando eran niños, que estaba pegada en el refrigerador. Era de las vacaciones de verano del '86. Claudia recordó que en aquella ocasión, en el coche de regreso de la playa, su familia pasó junto a un accidente. Habían atropellado a un niño en su bicicleta, y éste había muerto. Se tuvieron que quedar parados cerca del lugar hasta que recogieron el cuerpo. Cuando se despejó todo, y pudieron avanzar, Claudia y Alfonso se pusieron de rodillas para asomarse por el medallón del auto, a través del cual contemplaron la bicicleta rota que había quedado abandonada en el pavimento, hasta que se perdió de vista. 




LA ULTIMA ROSA DEL VERANO, de un poema de Thomas Moore:


Es la última rosa del verano, la dejaron floreciendo sola
Todas sus adorables compañeras se desvanecieron y se han ido
Ninguna flor de su parentela, ningún capullo está cerca
Para reflejar de vuelta sus rubores
y dar
suspiro por suspiro

No
dejaré, solitaria, languidecer tu tallo
Ya que las hermosas
están durmiendo, ve a dormir con ellas
Así
, gentilmente, disperso tus pétalos sobre la cama
Donde
tus compañeras del jardín se encuentran sin perfume y muertas

Y así tal vez pronto yo te siga,
cuando las amistades se deterioren
Y del
círculo brillante del amor las gemas caigan
Cuando
los corazones honestos yazcan marchitos 

y los corazones amados hayan volado
¿Oh
, quién habitaría este mundo sombrío en soledad?
Este mundo
sombrío en soledad.





miércoles, 7 de agosto de 2013

MIS ANCESTRAS 3


Araceli Guízar

Nunca he creído en la reencarnación, pero de ser real, haber sido Gandhi o algo así es la única explicación que encuentro para tener una madre como la mía, un balance fuera de lo común entre belleza, talento y bondad. Todos piensan que su mamita es la mejor del universo, pero aseguro categóricamente que lo que yo declaro arriba es mucho más que sólo un rapto de histeria amorosa.

Aclaro que jamás he probado el LSD
Ya hablando en serio, mi madre es algo así como un unicornio volador mágico color dorado, con el cuerno de la súper sabiduría cósmica, que deja tras de sí una estela multicolor de polvo de risas, flores y chocolate. No exagero. No hay un sólo día que no prodigue gestos amables, consejos útiles y acertados, que no cocine un postre (ahora mismo me está ofreciendo uno) confeccione un vestido o regalo personalizado, que no atienda a alguien si está enfermo o decaído, y todo esto sin discriminar si se trata de alguien que le ha hecho daño o que no conoce, y a pesar de que a menudo no recibe el agradecimiento merecido. Por el contrario, a veces tiene reacciones negativas a cambio. Hay a quienes su entusiasmo les molesta, porque hace resaltar por contraste su amargura y sus feas caras, supongo, y a veces provoca irritación porque si el bienestar de alguien depende de, digamos, que se coma su sopita, y el sujeto en cuestión reacciona de esta forma:

...ella insistirá como en aquella tortura china de la gota constante en la cabeza, hasta que no quede más remedio que comerse la fregada sopita. Sin embargo, entre refunfuños, una tiene que aceptar que se siente mejor, más cómoda, y que, como siempre, la señora tenía toda la razón desde un principio. Su forma de ser, tan inteligente, generosa y cálida, tiene su contraparte en una sensibilidad muy delicada, por lo que la lastiman con frecuencia. Pero me imagino que eso es lo que pasa cuando un súper unicornio mágico está forzado a vivir en un establo común como es este mundo cruel. Con todo, a pesar de que yo intento disuadirla a veces, nunca deja de comportarse exactamente igual que antes, ni pierde su sonrisa y positividad.

A pesar de su instinto maternal híper desarrollado, de joven tenía ambiciones intelectuales y profesionales elevadas, que se toparon con la férrea resistencia de mis abuelos. La abuela la había educado para el servilismo y el fervor religioso, no para los conceptos racionales y mucho menos para el arte. No obstante, mi madre desplegó sus alas a como diera lugar. Entró a trabajar en un banco a los diecisiete, mientras estudiaba la prepa nocturna, y, aunque lo tenía más que prohibido, también comenzó a estudiar teatro a escondidas. Cuando mi abuela se enteró, le gritaba cuando llegaba a casa terribles imprecaciones que no tengo permitido reproducir en este espacio, aunque a decir verdad nunca la corrió de la casa, ni nada parecido. Pero Araceli no cejó, trabajando y estudiando duro de sol a sol, hasta que entró a la facultad de Filosofía, donde fue una estudiante ejemplar y comenzó a escribir poesía y otras cosas que después, por desgracia, quemó. Por suerte, sí existe un libro suyo de poesía que se publicó años después, y espero que pronto se decida a comenzar a escribir de nuevo. 



Cuando pudo hacerse de su propio dinero, pues la mayoría lo empleó a través de diez años en apoyar la economía familiar y echar a perder a sus sobrinos con paseos y regalos (como me echaría a perder a mí más adelante), se mudó de Morelia a la ciudad de México para iniciar su carrera de actuación. Logró cosas que, dadas las circunstancias tan difíciles, son admirables. Llegó a protagonizar en la Compañía Nacional de Teatro, a participar en puestas de Teatro Universitario, independiente y comercial, y también figuró en televisión. Allí, una buena señora de la que era amiga le dijo que le faltaba ser "más cabrona" para ser estrella. Lo que no sabía esta dama era que su gentileza y honestidad no significan bajo ningún concepto que sea débil de carácter.

Con la descripción que hice, que insisto en que no es una idealización, no es de sorprender que le llovieran los enamorados (tiene un manojo bien gordo de cartas y poemas de intelectuales, catedráticos y hasta políticos, y como dos o tres trabajos originales de artistas plásticos de buen nivel), pero con su forma de ser tan estricta y ética ella sólo tuvo unas cuantas relaciones sólidas de larga duración, con hombres a los que en verdad amaba, y entre los cuales se cuenta el señor que propició mi existencia. 

Ella creía que había encontrado a la persona ideal para asentarse y formar una familia, pero cuando quedó embarazada el tipo resultó estar muy lejos de dar la talla. Tuvo que encargarse de mí ella sola. Al principio todo fue  muy bien, hasta que tuvimos un accidente en la carretera del que salimos vivas de milagro. Después de eso, tuvo que abandonar la actuación, y tomó empleos fijos como correctora de estilo en la Secretaría Michoacana de Cultura y  coordinadora de eventos en la cámara de Diputados de San Lázaro. Después quedó desempleada y nuestras penurias económicas comenzaron. A lo largo de la vida ha tenido que fluctuar entre un montón de empleos, autoempleos, y regresos esporádicos a la escena. No obstante, tuve una infancia plena, que aún añoro, enteramente gracias a ella. En cuanto a mi origen, nunca se inventó un triste fallecimiento, o el divorcio de un matrimonio inexistente, sino que contó la verdad, tan cruda como era, y sin embargo con delicadeza. Mi conclusión fue que estábamos mejor solas que con un señor como aquel, y la falta de padre nunca fue un trauma para mí, pero huelga decir que las conclusiones de sus conservadores padres, fueron muy, pero muy diferentes. Con la situación cada vez más complicada, la familia y amigos que en otro tiempo se le pegaban como abejas a la miel desaparecieron de pronto como quiméricas ilusiones. 

Cuando a mí se me ocurrieron similares locuras vocacionales a las que ella tuvo, su reacción fue de apoyo absoluto y me advirtió que tanto la actuación como la literatura son un apostolado, repleto de sacrificios (ya lo veo), pero que ella los afrontaría a mi lado. Sería tedioso poner las anécdotas, pero lo que ha hecho por mí, además de hacer a un lado su vida entera, incluye pasar carencias, críticas a raudales, permitir sin chistar que yo no le ayude en la casa ni aporte ningún dinero, muchas mudanzas salvajes, que incluyen dos a Europa que fueron, según el punto de vista común, síntomas de que ambas perdimos la cabeza, dos admisiones en escuelas de teatro de alto rendimiento, y hoy mismo no podría actualizar este blog, ni escribir la novela en que trabajo actualmente, ni buscar soluciones para el futuro incierto, si no fuera por  ella, que siempre está detrás para impulsarme, o adelante para jalarme como burro, y hacerme pasar por encima de mis límites, como mi fobia social y tendencias depresivas. Mis logros, muchos o pocos, lo acepto con humildad, son más suyos. Es su fuerza, buen sentido, su capacidad para materializar lo imposible, y su forma de rechazar con severidad que me victimice, exalte mis defectos o deje de trabajar duro y sin tregua por mis objetivos, el verdadero motivo por el cual la cosa no terminó conmigo cortándome las venas en la adolescencia. 

Creo que toda niña insegura debería tener una Araceli interior.