sábado, 13 de diciembre de 2014

EL TAROT POÉTICO PROHIBIDO DE H. RUANO. CAPÍTULO 3.


Templanza, el mundo y el emperador.


 
Iván Jara se detuvo nervioso en el umbral de la casa de Abigaíl. Era su turno para sacar las cartas del Tarot Poético, pero sentía un enorme temor. Al principio pensó que era sólo un juego que nadie iba a llevar demasiado lejos, pero así, tomado tan en serio, cambiaba la vida sin vuelta atrás, si es que no llevaba a la muerte. Tres de sus amigos se habían convertido, respectivamente, en suicida, asesino y anacoreta, en menos de un año. Quería correr lejos de allí, pero Hilda nunca se lo iba a perdonar, lo llamaría cobarde y jamás le dejaría ver a su hijo. Así que golpeó la puerta rápidamente antes de dar tiempo a arrepentirse. 

Abigaíl Duarte abrió, tan serena como siempre, e Iván la detestó en ese momento. Siempre le había parecido terriblemente fría, pero ahora tuvo que reprimirse para no torcerle un brazo, a ver si por lo menos cambiaba de expresión. 

Estaban en plena Revolución Cristera y el peligro acechaba en cada calle. Tal vez por ese ambiente caótico, en el que no parecía haber ley o moral que valiera para nadie se estaban atreviendo a tanto, y fue tan sencillo agregar dos cadáveres más a la enorme pila, sin que ocurriera un escándalo. 

Mientras se sentaba frente a la mesa de caoba, donde aguardaban Hilda y los que quedaban, su corazón se aceleró y le costó respirar. Hilda le sonrió y entonces fue cuando se decidió a sacar las cartas.

La primera era el “cómo”. Sacó una de las cartas que quedaban y la colocó boca arriba apretando los labios: “El carro”. La segunda era la más peligrosa, el “qué”. Sacó “El colgado”, y el estómago le dio un vuelco. Los demás no se inmutaron, así que se apresuró a sacar la tercera, el “cuándo”: fue “El sumo sacerdote”. 

—Muy bien– dijo Abigaíl, mientras se ponía los lentes, y sacaba el librito del tarot poético de H. Ruano– “vendrá un mensajero sobre ruedas-para cortar el aire-cuando el sumo sacerdote entregue su tesoro”

Como siempre, la frase no tenía ningún sentido, pero tarde o temprano la tendría. Fue más pronto de lo que pensó. Dos semanas más tarde, el arzobispo de Querétaro entregaba todo lo que había en su Iglesia y su casa para que le perdonaran la vida, aunque de todas formas lo asesinaron, y ese día todo el mundo se encerró en sus casas, mientras los maleantes salieron a saquear y beber lo que pudieron. Era el momento, e Iván sabía que no lo dejarían pasar. En efecto, sus amigos lo esperaban afuera de su casa para asegurarse de que cumpliera con su destino. Él ya había enviado la misiva a un sicario para el efecto. El carruaje obsoleto llegó, mientras los demás se quedaban en la acera de enfrente para supervisar, y de él descendió un hombre musculoso y mal encarado. Al ver sus manos fibrosas y enormes, Iván tragó saliva. 

—¿A quién hay que torcerle el pescuezo, patrón? 

—A mí— respondió Iván mirando aquellos ojos negros y torvos.

El tipo rio con incredulidad, pero luego se acercó con firmeza y apretó el cuello de Iván. Hilda no soportó la ansiedad y tocó a la puerta varios minutos más tarde. Iván ya había perdido el conocimiento y colgaba de las manos del hombretón como un trapo deshilachado. El asesino a sueldo, al escuchar los golpes fuertes en la entrada, huyó por una ventana lateral, donde ya lo esperaba el carruaje donde arribó. Iván estaba vivo, pero duró mucho tiempo inconsciente y la hipoxia ocasionó que su cerebro se dañara de manera irreversible. 

Por eso fue que, más de veinte años más tarde, para todos no era más que un viejo demente que causaba lástimas en la calle, después de haber sido un prestidigitador y productor de espectáculos de gran éxito. Abigaíl lo dejaba hacer sus locuras afuera de su casa, con las que trataba de recuperar sus viejos números que dejaban a todos con la boca abierta, y que ahora provocaban que los niños le lanzaran piedras y huevos. Por las noches dormía secretamente en el sótano de Abigaíl, al que accedía por una ventanita a ras del suelo, y ella le daba de comer. 

Una noche, Iván tuvo uno de sus espantosos momentos lúcidos mientras descansaba en el piso del sótano, y escuchó en la conversación proveniente de la estancia de Abigaíl que Iris sacaría sus tres cartas. ¡Lo sabía! ¡Estaba sucediendo de nuevo, y esa joven había caído en el juego! Abigaíl le advirtió a Iván que no lo iba a proteger más si los demás se daban cuenta de su presencia en la casa, pero a él no le importó y se apresuró a hacer un último esfuerzo por alertar a Iris. 

Le costó abrir la puerta que comunicaba con la casa, pero lo consiguió. No obstante, le quitó el suficiente tiempo para que cuando apareciera ya fuese tarde. Cuando los rostros congregados lo miraron con desconcierto, las tres cartas de Iris ya estaban desplegadas sobre la mesa: “Templanza”, “El mundo” y “El emperador”. Pero la atención de Iván se había desviado ya a los ojos azules de Hilda, que centelleaban bajo la luz del candelabro. Por supuesto, no era ella, sino que estaban insertados en la faz casi exacta del padre fallecido de Iván, que, al comprender de quién se trataba, olvidó por completo la razón original por la que osó aparecerse en el mismo salón Art-Déco de Abigaíl donde selló su suerte.

—¡Eres mi Tadeo!— exclamó, y se desplomó a los pies de su amado hijo.

CONTINUARÁ..
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Imagen de cisne cortesía de anankkml; imagen de mano sosteniendo la tierra cortesía de jannoon028; imagen de dos manos de metal cortesía de sritangphoto en FreeDigitalPhotos.net


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sábado, 6 de diciembre de 2014

EL TAROT POÉTICO PROHIBIDO DE H. RUANO. CAPÍTULO 2.


El sumo sacerdote, los amantes y el mago. 

 

Hacía cinco días que Bernardo Lucena moría al caer al vacío en circunstancias sin aclarar, e Iris iba camino al cementerio en aquella tarde esplendorosa. Una vez allí, prefirió mirar, en lugar del féretro que introducían al foso, un árbol que se mecía al viento como lo haría en cualquier otra ocasión, y comparó en su mente los ojos muertos de Bernardo con las pupilas vibrantes de Tadeo, que en ese momento se clavaban pensativas en la lápida. De pronto, un vagabundo anciano y demente que vivía en una esquina afuera de la casa de Abigaíl, donde presentaba algo así como un espectáculo que involucraba latas oxidadas y un zapato viejo, gritó a todo pulmón, como lo hacía cada día en la calle para conminar a damas y caballeros a verlo manipular basura con brazos ondulantes de bailarín:

—¡Es el tarot poético!

Paulino, el asistente personal de Abigaíl, un hombre tan alto y fuerte que inspiraba miedo, se aproximó al viejo para invitarlo a abandonar el camposanto por las buenas, pero éste siguió insistiendo con su absurdo:

—¡El tarot poético! 

Esa tarde, mientras tomaban un refrigerio en casa de Abigaíl, aún conmocionada por la muerte de Bernardo, Iris tuvo el valor de confesarle a Tadeo que lo amaba. Él la miró un instante con extrañeza, y un dejo de incomodidad. Iris no necesitó más para dar media vuelta y alejarse de él. El rechazo en su mirada era contundente y recibir otra estocada sería mortal. 

Tadeo, no obstante, consideró necesario recordarle con la voz más alta que pudo que tenía una novia formal, y lo sentía mucho. Iris siguió su camino, como si no hubiera escuchado. 

Meses más tarde, Iris oía recitar Haikús de aficionados en un bar, cuando Tadeo la interceptó de manera inesperada. 

—No vale la pena perder una amistad como la nuestra, Iris. 

Iris sabía que él tenía razón, pero le parecía imposible continuar como antes, se sentía humillada, en especial porque era varios años mayor que Tadeo, y ya se consideraba una solterona. Como si él adivinara sus pensamientos, le aseguró que no tenía por qué avergonzarse.

—Sé que siempre te ha encantado todo lo de Oriente.— Tadeo cambió el tema a continuación, mientras oteaba escéptico a la mujer obesa que leía su Haikú con manos temblorosas—Hemos preparado la visita de varios monjes tibetanos para el mes siguiente, entre ellos el pequeño Tathagata, el más joven en alcanzar la iluminación, y harán una ceremonia en casa de la maestra Duarte. Supongo que querrás venir.

Por supuesto que a Iris le interesaba ir. Jacobo fue por ella a la casa de sus padres, y entre los dos les inventaron otro compromiso con Abigaíl, pues no querían lastimar su fervor católico, o que les impidieran acudir a un evento que les causaba tanta curiosidad. De cualquier forma, a los señores Gabaldón les disgustó que Abigaíl hubiera invitado a Iris a dormir, con el supuesto fin de convivir un poco más con su futura cuñada.

El día de la ceremonia los monjes rezaron varias letanías en su idioma, mientras uno de ellos tocaba los cuencos tibetanos. El pequeño Tathagata meditó casi todo el tiempo, sentado en un cojín al fondo de la sala en flor de loto, pero irradiaba luz y serenidad incluso con los ojos cerrados. Cuando terminaron la primera parte por fin se levantó el niño y se acercó a cada uno de los asistentes para imponerles sus manitas suaves sobre la cabeza. Lo que sintieron fue insondable, casi como experimentar la esencia del amor. Tathagata les entregó a cada uno un puñado de arroz y un collar de hilo verde.

Cuando se fueron los monjes a su hotel, Iris y Tadeo observaron por la ventana al vagabundo, que dormitaba en plena calle, y se preguntaron por qué habría ido al entierro de Bernardo. Tadeo dijo que le parecía que en aquel viejo, como en todos los locos, había una sabiduría misteriosa y que le había escuchado balbucear sobre una mujer que amó por sobre todas las cosas. Se acercó al decir esto al oído de Iris. ¿La estaba seduciendo? Ella se sintió aún más herida en su orgullo, y lo apartó.

Se hizo tarde. Abigaíl le indicó a Iris una recámara espaciosa y decorada en una monocromía de color turquesa, y le trajo otra manta y un poco de leche tibia. 

—Te invité porque me gustaría que nos acercáramos un poco más, como familia, y dejar atrás la relación de alumna y maestra— le dijo, y le acarició una mejilla. Era obvio que ella y Jacobo querían tenerla de su lado para defender su relación, a menudo atacada por propios y extraños.

Conversaron durante una hora sobre la boda y los acontecimientos recientes, y, varios minutos después de que saliera Abigaíl, tocaron suavemente a la puerta de Iris, que aún no lograba pegar el ojo. Pensó que era Abigaíl, pues suponía que estaban solas en la casa, pero se trataba de Tadeo. No le dio tiempo a hablar y la besó, pero Iris lo empujó con tal fuerza que casi lo tira por el barandal de la segunda planta. A la nueva acometida de Tadeo ya no pudo resistirse, y esa noche la pasaron entre las sábanas.

Apenas clareó, Tadeo salió a la calle con sigilo, e Iris lo acompañó a la puerta. El loco vagabundo hacía su acto sin sentido, pero se detuvo al ver a Tadeo besar a Iris suavemente en los labios. Esperó a que se alejara, para interceptarla

—Niña, no dejes que te incluyan en el tarot poético. Te he visto, tienes buen futuro, niña, no dejes que te metan al tarot. 

Iris le llevó la corriente, se desafanó de él, haciendo arcadas al recibir su olor a orines, cebo y excremento, y cerró la puerta. Unas cuantas horas después, Jacobo llegó por ella para llevarla de vuelta a casa. El viejo volvió a gritarle lo mismo, que no permitiera que la incluyeran en el tal tarot poético. Iris empezó a suponer que algo tenía que significar eso en su mente trastornada. Lo que no sabía era que su advertencia le había llegado tarde.
 
CONTINUARÁ...
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Imagen del monje niño cortesía de arztsamui, imagen de pareja cortesía de imagerymajestic; imagen del hombre mayor cortesía de stockimages en FreeDigitalPhotos.net

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